La cena de Navidad de empresa, relato.

En esta ocasión debo dejar un relato que fue incluido en el blog “No más cuento de princesa” que podrás visitar en el enlace que dejaré al final y que logró sacar adelante un  nuevo proyecto literario el magazine online No más cuento de princesa en el que también colaboro.

Espero que te sientas identificado con este relato que se publicó en el mes de diciembre.

La cena de Navidad de empresas.

La cena de Navidad de empresas.

Para algunos es un dolor de cabeza, días o semanas antes os ponéis a dieta y buscáis con desespero qué vestido o conjunto poneros, todo conjuntado al detalle con la esperanza de ser la mejor o él mejor vestido o que llame más la atención.

Yo experimenté ambos casos y es que, al fin al cabo, coquetas nacemos y coquetas moriremos.

En una empresa peculiar llamada románticanarias me apareció un día un aviso en cierta aplicación que rezaba: “Somos una empresa y cómo tal debemos hacer una cena de Navidad”.  Me quedé un poco WTF? ya que apenas era finales de septiembre para pensar en cenas de empresas y toda la parafernalia que venía detrás.

Después de ese breve comunicado siguió con el día que sería el evento, podría decirse que fue a mediados de noviembre.
Sí señores, nos adelantamos por múltiples compromisos posteriores o creo yo que fue a latigazo en mano, no indagaré en eso, ya que luego de este post la mujer del látigo querrá mi cabeza.2,w=993,q=high,c=0.bild
Tras esa notificación vino el saber dónde y cuál restaurante aceptaría la reserva de una tropa de mujeres que, de repente, podrían hablar de sus próximas historias o de la que estaban escribiendo, incluso de esas escenas de sexo donde lamió, chupó y terminó la protagonista empotrada follando a gusto.
Y sí, apareció ese restaurante que tomaría el gran riesgo del que esa noche fuera esa tropa de mujeres y que, casualmente, estaba repleto, pero eso será en otro momento que se contará o quizás termine como una anécdota para algún encuentro literario.
En todo caso, después que aceptara, venía lo más importante para una chica como yo, que dejó de ser delgada hace mucho y que le gusta vestirse bien en ocasiones así y era el qué llevar puesto como vestimenta.
En un principio me iba a decantar por un pantalón negro y una blusa de noche, una vez más, la voz de la ultratumba a través de la aplicación dijo: debéis ir en vestido y con lentejuelas… So what? Me dije y medité. Era una cena de empresa, en un restaurante que se arriesgó a que esa noche sus comensales escuchasen experiencias sexuales con antiséptico incluido en club liberales y, sobre todo, mi cabeza maquinó las preguntas antisistemas que se le ocurrió: para qué lentejuelas y trajes sexys si voy a estar sentada.  Reconozco que mi mente le gusta buscarle las cuatro patas al gato, por lo que decidí callar y observar el debate que trajo.cena-de-empresa
Vestidos cortos, largos, pero todos sexy, dorados, rojos, azules… hasta que alguien con otra mente antisistema dio el paso a decir ”iré en pantalón, vengo desde la isla del frente e iré cómoda”, respiré un poco pensando que había más revolucionarias y me replanteaba ponerme una blusa con escote, totalmente distinta a la primera que pensé o ese vestido que, para que os miento, desde un principio me hizo ojitos, su único problema era su color “negro”, su sencillez y su cuello en uve, por lo que si me aparecía con él, era casi probable que la mujer del látigo me señalara con el dedo por llevarle la contraria.
Y allí comenzaba el dilema, tenía que revisar mi armario y ver ese par de vestidos que me había puesto un par de años antes en los que tenía un par de kilos menos, pero no dejaba mucho a la imaginación ya que heredé culo, piernas y dos señores pechos que mis padres al procrearme decidieron otorgarme.cena-navidad

Algo así como lo que le sobraban en esas partes en específico se lo mandamos en forma de ADN a este ser que engendramos, en cierta manera, debo decir que algunas gorditas venimos con culo, tetas y piernas extras y que, cuando tenías veinticinco y metías talla 28 en pantalón era por el gran culo heredado que te obligaba arreglarle la cintura para usarlo a gusto.
Así que, para alguna chica que a lo mejor el vestido sería a media pierna, para mí era mini vestido y como sea ceñido al cuerpo le añadíamos esos pechos juguetones que querían salir de ese encierre involuntario.
Y esto no me lo planteaba por plantear, me gustan mis vestidos, me encanta como se veían y eso que había dejado esa talla 28 atrás por una 42, pero, aún así, gordita y todo, mis vestidos me dejaron varios recuerdos de las veces que salía de marcha con mis amigables amigas junto con lo primero que decían: “¡Oh! Ya entiendo por qué no querías venir caminando, ese mini vestido se te sube muy rápido” y era cierto, el caminar con el conteneo característico de unas caderas con zapatos de tacón lograba que sucediera que muchas miradas terminaran de cintura para abajo, sin los pechos juguetones que, en algunos casos, estaban resguardados y en otros lograba llamar la atención más de lo que yo, una chica felizmente casada, se imaginó.
Así que, los llamados minis vestidos no podían ser llevados a la cena porque la mujer de látigo me hubiera dicho: “dije lentejuelas sexys no que te ligues a los camareros” o en el peor de los casos hubiera dicho “ya vengo” hubiera corrido a casa a cambiarse, ya que la gordita rubita se atrevió a traer un mini vestido.
De nuevo el dilema de qué ponerme y de nuevo veía el debate en el chat, así que la impaciencia apareció al pensar ir en busca de algo acorde para la cena.
Sin embargo, una semana antes de saber que luego de cenar, aquella que sacaba el látigo ofrecía su casa para dar libertad de pensamientos en esa terraza que parecía más ese refrán “de lo que pasa en las Vegas se queda en las Vegas” y de tener mi outfit preparado, —un pantalón con blusa transparente, “no quería que la del látigo terminara pidiendo medición de culos” —, apareció una invitada nada predecible… la gripe.
Otra vez el maldito dilema de qué ponerme, la blusa transparente y con escote era imposible, según la dictadora con látigo, el restaurante era al aire libre con sus pertinentes corrientes de noche.
Por lo que terminé diciendo en alto “¿qué coño voy a ponerme?” Recordad, debía ser sexy y para mi estado en esos momentos era imprescindible que no me mandara al hospital con una posible neumonía.
Cansada de ver mi armario decidí patear tiendas y en vez buscar algo acorde, terminé comprando ropa de invierno que me hizo arrepentirme en cuanto llegué a casa y recordar que iba a por algo sexy y con lentejuelas.
Frustrada, con gripe toda la semana y una maldita tos que me acompañaba a todos lados, me replanteé ganarme la confianza de la mujer del látigo y os juro que me probé una veintena de vestidos supuestamente sexys de manga larga y con una tela que más que pasar algo de calor era un sauna “terciopelo”, tenía que lograr que tuviera consideración a la tos que se había instalado como una gran okupa en mi organismo, para qué negarlo, una medida desesperada.
No tenía más remedio que decidir que ignoraría al completo a la cabecilla con eso de su traje sexy y de lentejuelas, total, siempre le llevaba la contraria.
Quería ser buena, Dios sabe que lo quería, que lo intenté, incluso el de seguir su dictamen, pero el destino me lo impedía y se confabulaba a que tampoco usase los vestidos que se convertían en mi cuerpo serrano, en mini vestidos.
Sin perder tiempo, abrí mi armario, con los ojos cerrados saqué lo primero que toqué y fue ese vestido negro y simplón con escote en un uve que tanto iba a odiar la mujer del látigo, sonreí y me dije “por qué no, al final, llevarle la contraria me encanta”.
¿Qué pasó en el restaurante? Los comensales a nuestro alrededor disfrutaron de conversaciones calientes y descriptivas de una tropa de mujeres llamadas autoras del género romántico con libros que, de seguro alguna, habrá leído bajo un seudónimo y no se imaginaban que estarían esa noche allí.

Blog No más cuento de princesa.

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